Implicaciones y aplicaciones para la Iglesia sobre “Jesús y el Templo”.

Pastor Luis Gómez Chávez
 
Ruego volver a observar Juan 2:13-22 y Marcos 11:15-19 para descubrir algunas implicaciones y aplicaciones, principios y verdades para una vida con mayor reverencia de parte de la Iglesia en este tiempo postmoderno.
 
La casa de oración jamás debe ser convertida en un lugar para hacer negocio, club social, pues a Jesús no le agrada que su casa sea como un mercado.
 
¿Por qué? El templo no fue creado para eso. En un mercado o en un negocio se habla de asuntos de compra y venta e intercambiar productos o hacer negocios. Mientras se esta en el mercado hay libertad para comer, beber, mascar goma (chicle), hay mucho ruido y se puede hacer todo lo que se le antoje según las reglas de un mercado. El mercado acarrea mucha suciedad y delincuencia.
 
Lo sucio debe ir a la suciedad, lo inmundo a la inmundicia, los cambistas al mercado negro o de la oscuridad, pero jamás debe estar en la casa de Dios, pues esta debe estar limpia. ¿Es correcto que todo esto este en la casa de Dios? En la casa de Dios debe haber claridad, limpieza, sinceridad y personas reverentes. No podemos hacer nada por lo cual se falte el respeto a Dios, mientras estemos en la casa de Dios y cuando estemos fuera de esta. La reverencia a Dios debe ser en todo tiempo y todo lugar.
 
Ninguna persona debe adueñarse de la casa de oración porque esta le pertenece a Dios. Jesús dijo, “Mi casa, casa de oración será llamada”, Templo de Dios Padre. Jesús es el mismo Dios y tiene la absoluta autoridad de llamar la atención a todo el que hace lo que es desagradable delante de Dios, y en la casa de Dios. El templo, y la iglesia no es del pastor, no es de los ancianos, no es de los plantadores, y no es de ninguna familia en particular; esta solo pertenece a Dios. Quienes nos reunimos en el templo físico, debemos cuidarlo, respetarlo, y vivir en santidad porque Dios es santo y el lugar es santo. Nuevamente, nuestro cuerpo es Templo del Espíritu Santo, por consiguiente, debe estar limpio, en santidad, y debe ser cuidado porque es de Dios.
 
La casa de oración esta abierta para toda persona sin acepción de personas.
 
La casa de oración ofrece oportunidad a toda persona para venir y entrar; solo que estando dentro de esta, ha de regirse a las reglas divinas de respeto, reverencia y orden. Pueden venir ladrones, pero no pueden robar, pueden venir bebedores de vino, pero no pueden tomar, pueden venir negociantes, comerciantes, pero no pueden hacer negocios; ya que a este lugar se viene solo a adorar a Dios, a reverenciar su nombre, a hacer lo que la Biblia enseña (Marcos 11:17). La casa de Dios es un centro de evangelismo para todo el mundo y nosotros la iglesia debemos ser personas santas que proclaman el evangelio santo del Dios santo. A nadie se le puede impedir la entrada al templo, solo que estando dentro se ha de comportar según las reglas divinas de comportamiento en la casa de Dios, venir a adorar y respetar a Dios.
 
La casa de Dios es un lugar de orden, y nosotros sus hijos tenemos la autoridad de Dios para velar por el orden cuando hay desorden (Jn. 2:17).
 
Jesús puso orden en el Templo, porque tenia la autoridad de Dios, porque esa es su casa, y por su celo santo. Si nosotros somos buenos adoradores de Dios, o sea que lo honramos, respetamos y reverenciamos de todo corazón; tenemos el poder no solo de hacer que los demás lo hagan también, sino que podemos poner orden cuando hay desorden dentro de la casa de Dios.
 
El respeto y la reverencia en los hijos de Dios debe ser demostrado en todo tiempo y en todo lugar, pero debe hacerse con un corazón santo y limpio.
 
Quiere decir que yo debo respetar y reverenciar a Dios mientras estoy en la calle, el trabajo, la casa, con los amigos, en el templo, en la escuela, en las relaciones y hacerlo con una actitud humilde, sincera, y santa. Entonces, para adorar y reverenciar a Dios se requiere limpieza y humildad de corazón.
 
El primero y segundo de los diez mandamientos declara que solo Dios merece ser reverenciado y adorado, es la única dirección de adoración, la vertical, la que está dirigida a Dios. Reverenciar a Dios de esta manera da plena satisfacción, ya que el agradar a Dios es tono nuestro placer (Salmo 27:4, 37:3-7ª).
 
El lugar de adoración que agrada a Dios ya no es el templo físico en primera instancia sino el corazón limpio, sincero y humilde de cada adorador. La clave de todo está en centrarse en Dios, reconocerlo por lo que es, no fijarse en lo que hacen los demás, y solo dedicarse a respetarlo, honrarlo, obedecerlo, amarlo, glorificarlo y reverenciarlo desde el fondo de su corazón.
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