Identidad y Misión de la Iglesia

Luis Gómez

Una buena cantidad de iglesias necesitan con urgencia hacer un repaso de la misión delegada originalmente por Dios. Repaso que ha de hacerse desde Génesis hasta Apocalípsis, sin olvidar el contexto real de la Iglesia hoy.    Este esfuerzo por releer la misión original tomando en cuenta la realidad de la Iglesia en la actualidad descubrirá algunos vacíos o espacios olvidados debido a que la Iglesia está alejada de su propia identidad.

El mundo con toda su cosmovisión lucha día y noche por robar, manchar, y destruir la verdadera identidad de la Iglesia, la cual es celestial y terrenal.  Ya que la Iglesia es el pueblo de Dios en la tierra, comunidad de santos redimidos para ser luz y sal, agente redentora en este mundo que está controlado por el príncipe de maldad.

Es necesario estar advertidos que, entre más conscientes estemos del contexto en el que se mueve la Iglesia, más poderosos son los dardos del diablo en contra de su identidad.  El problema es que una vez la iglesia pierde su identidad como el pueblo de Dios con una misión, el mundo se inmiscuye paulatinamente dentro del ser y el quehacer de la iglesia, quitándole la autoridad moral y el poder de convocación. Es por ello por lo que, la iglesia hoy debe volver a la Biblia para conocer y entender nuevamente el significado y el alcance de la misión original de Dios.

Ahora bien, si hay una delegación original de la misión; la que Dios ha diseñado, también deben existir receptores directos de esta.   Hay un emisor original, un receptor original y un mensaje original que es el mismo en todos los tiempos, aunque cambien los receptores y los nuevos emisores.  ¿Cuál es el mensaje de la misión original?  La transmisión de este mensaje experimenta la oposición de una gran cantidad de interferencias las cuales son las responsables de que la Iglesia se pierda en la espesa nube del activismo, modernismo, nueva tolerancia, y del ilusionismo.  Las falsas proyecciones ofrecidas gratuitamente solo vienen a satisfacer los anhelos y los caprichos de muchos, pero no de su vacío espiritual.

Finalmente, es justo reconocer los esfuerzos históricos de transmisión de la misión durante los primeros XX siglos, solo que, por ahora, dichos esfuerzos ya se han quedado cortos y débiles ante los fuertes desafíos postmodernos del cosmos en que vivimos. Ya la Biblia lo anuncio, que, en los postreros días, muchas cosas cambiarían, y ya estamos en esos días, donde muchos según 2 Ti. 4:2-5, aun de los miembros de la Iglesia cambiaran su fe, o simplemente se enfriaran o buscarán lo novedoso, diferente, lo poco exigente y no estarán dispuestos a sufrir por cuidar, defender y proteger la verdad, la doctrina verdadera, la Palabra de Dios.

Todo lo anterior justifica la importancia y urgencia existente en este siglo XXI de seguir transmitiendo la misión divina. Pero esa transmisión debe estar aliada a cuatro paradigmas: obediencia, amor, Espíritu Santo, y la misión.  La transmisión de la misión divina ha de hacerse por medio de la proclamación del evangelio, en el discipulado universal, contextualizado e integral. Un anuncio del evangelio hacia dentro de la Iglesia y del corazón de cada cristiano hasta alcanzar su madurez en Cristo (Ef. 4:13) y desde la Iglesia hacia el mundo entero como buenos testigos de Jesús (Mt. 28:18-20, Hch. 1:8).

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