Cultura del perdón

Dr. Luis Gómez Chávez

Repita las palabas en orden descendente: 5. Otorrinolaringólogo. 4. Institucionalización. 3. Desoxirribonucleico. 2. Esternocleidomastoideo. 1. Perdón. ¿Cuál de estas es más difícil de decir? Hoy vemos violencia sin cuartel, matanzas sin sentido, crimen organizado, narcotráfico como moda, competencias en los altos niveles, manifestaciones sin respeto, abuso de autoridad, descuido de los gobiernos al no atender las verdaderas necesidades, acumulaciones de dinero en unos pocos. Lo anterior es resultado de no mirar por el bien de los demás, de no estar en paz con Dios, de no amar al prójimo, de buscar solo los beneficios propios, de no tomar la iniciativa por crear una cultura de perdón, de paz y de amor.

Cuando digo cultura de perdón me refiero al contexto social, al ambiente, al entorno, al lenguaje y al estilo de vida de perdón. Llegar a tener una cultura de perdón no es nada fácil, para lograrlo antes debemos entender el significado correcto del perdón y descubrir los aspectos principales que lo han impedido. La cultura de perdón, ha de comenzar en la cuna del hogar, en los salones de las escuelas y de las iglesias; esta debe comenzar en uno mismo. La cultura del perdón está íntimamente relacionada con el respeto, la vida y con el amor a Dios.

Perdonar es tomar la responsabilidad del ofensor para liberarlo de la pena, vergüenza, dolor, tristeza, abandono, y del castigo que lo atormenta. En este caso, el ofendido (siguiendo el ejemplo de Dios) que acepta perdonar al ofensor es consciente que lo está eximiendo de culpa. Sin embargo, una cosa es el perdón, decisión de sembrar la planta del perdón que no es por deseo, sentimiento, sino por obediencia a Dios. Otra cosa es la reconciliación, que puede tomarse mucho tiempo, es el proceso de cuidar, regar, proteger, abonar y limpiar la planta hasta que de fruto.

Parece ser que predomina el egoísmo, el individualismo, y la búsqueda de salir siempre ganando sobre los demás no importando los medios que se usen. Hay una cultura de indiferencia, separación y a veces de odio, envidia, competencia; y esto no ayuda a vivir en paz, amor y perdón. Es triste decirlo, pero este tipo de sentimiento que no agrada a Dios, la falta de perdón, con frecuencia se encuentra también en los recintos de los templos, donde no solo los miembros sino aún líderes son incapaces de pedir perdón.

La falta de perdón interrumpe nuestra relación con Dios y nos descalifica para ser instrumento de su gracia. Además, la falta de perdón alimenta sentimientos negativos que no nos permite vivir en paz, actuar con libertad, convirtiéndose en repelente de la amistad. Lo más grave de todo es que el no perdonar es una enfermedad que envenena el alma y lentamente va matando el corazón de las personas hasta volverlos insensibles, quienes al acomodarse a ese estilo de vida, se convierten en fósiles en vida. Es tan delicado para un hijo de Dios, el no perdonar, que no solo enfría su relación con Dios sino que estanca el proceso de crecimiento espiritual. Además, la falta de perdón no es más que la expresión pública de lo que se anida en el corazón descrito como orgullo, arrogancia, soberbia, frutos que vienen de una persona dominada por la carne, el mundo, y el diablo.

Dios trabaja en nosotros cuando decidimos perdonar a quien le ha ofendido o pedimos perdón a quienes hemos ofendido. Cuando decidimos estar en paz con los demás es cuando realmente comenzamos a estar en paz con Dios. Estas acciones reprimen al diablo, fortalecen al cristiano, y el Espíritu Santo actúa con libertad.

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