Alimentación Bíblica

Día 215

Apo. 10:1-11

Dr. Luis Gómez Chávez

Lectura del Nuevo Testamento
En los últimos años han surgido una gran cantidad de programas alimenticios con el propósito del cuidado de la salud de las personas. Muchos de estos solo son engaños, otros tienen una fachada de verdad, y al final todos son productos de venta. Todos tienen su parte buena en la medida que el interesado pone de su parte y decide aceptar el reto de la disciplina. Con todo, no he escuchado de alguna dieta para cuidar la salud por medio de una alimentación bíblica, donde cada día, de manera disciplinada cada persona se alimente y coma la Palabra de Dios. Estoy seguro que esta alimentación si se hace de todo corazón, con todo esfuerzo, disciplinadamente, es la única que da salud integral, salud mental, emocional, intelectual y espiritual. La buena salud no está en cómo te veas, sino quien seas y como te sientas internamente.

En Apocalipsis 10:8-11 Juan recibe la orden de tomar y comer el libro, que en este caso es parte de la Biblia, lo que tiene que ver con el resto del libro de Apocalipsis, específicamente una profecía que revelaría los juicios faltantes en el periodo de la Tribulación. Juan debe comerlo, y esto producirá dos cosas: dulzura y amargura.

A Juan se le ordena comer este libro. Esto mismo sucedió con Ezequiel 2:8-9,3:1-3. ¿Qué significa esto? ¿Fue literal la acción de comerlo? La enseñanza es que cuando nos alimentamos de la Palabra, al recibirla es dulce (Sal.19:7-10), pero cuando nos confronta, esta no solo nos exhorta a cambiar sino que nos hace responsable de proclamarla. Las palabras que Juan debe decir al mundo son palabras de juicio y eso da dolor, pesar, sufrimiento y amargura. Mientras Juan recibe la revelación de Dios, es algo bello, maravilloso, y único, pero en el momento de decir esta verdad a las personas, esto no es fácil. En otras palabras, al comerlo, en tu boca será dulce y en el vientre amargo, lo cual implica que se debe asimilar o recibir el mensaje, luego entenderlo y por último vivirlo en carne propia para poderlo compartir. Cuando Dios nos habla, su palabra es dulce (Sal. 119:103) pero el decirlo implica denunciar el pecado, advertir juicio.

Cuando nos alimentamos de la palabra y la digerimos nos hace crecer. Dice Ironside, No hay porción más dulce que aquella cuando Dios revela a Jesucristo. La profecía es atractiva e interesante en estos capítulos 10-12 de Apocalipsis, pero cuando se llega a los juicios, esto es amargo. Esta parte, contiene el amor de Dios (2 Pe. 3:9) es un llamado al arrepentimiento (v.11), “Dios quiere que nadie se pierda, sino que todos crean en Jesús”. Esto es lo bello de nuestro Dios, que al darnos su Palabra, esta aunque nos hable fuerte, nos confronte, y nos séale los errores en que estamos, siempre viene acompañada de su mor, misericordia, justicia, y su buena voluntad.

En fin, la orden es “Aprópiate del contenido y encárnalo en tú corazón para que puedas impartirlo con autoridad y vivencia a otros”. Sin embargo, cuando Juan conoció y entendió el contenido a predicar produjo tristeza, amargura de alma y dolor porque advierte juicio contra todos los que no quieran arrepentirse. Después de haberlo tomado y comido, el ángel le dijo: “Es necesario que lo profetices (prediques) sobre las naciones, lenguas y rey otra vez” (v.11). Ya no es solo debe escribir y predicar para las 7 Iglesias de Asia Menor, sino para todas las naciones del mundo.

Algo relevante en esta porción que debemos tomar muy en serio es la actitud de Juan y la orden: que predique la Palabra de Dios de manera total y no parcial; con urgencia, prontitud y fidelidad, aunque su contenido sea de juicio por el pecado. San Pablo exhortó a Timoteo a hacerlo mismo (2 Ti. 4.1-8) lo cual Jesús había dicho por primera vez, (Mt. 28:19-20; Hch. 1:8). ¿No cree que esto es un hermoso privilegio? Claro que si es un alto privilegio ser los heraldos de Cristo, pero es una profunda responsabilidad porque debemos predicar toda la Palabra, no solo la que nos conviene, la que nos gusta, la que nos agrada, la que nos adula, sino toda, incluyendo la que nos confronta, nos reta, nos dice la verdad, nos señala el error, y nos llama la atención cuando estamos mal.

No caigamos en el error del siglo, donde muchas iglesias con tal de que se llenen los grandes edificios, solo les predican para endulzar sus vidas, y no predican sobre el pecado en que están o la clase de vida superficial que llevan con tal de que no se les retiren. Esto se llama corrupción teológica, eso es falta de ética pastoral o eclesial. Muy triste, porque cuando no se dice la verdad que aunque duele en el momento, es engañar a las personas y faltarle a Dios. Dios nos pedirá cuenta, porque esto mismo pasa en las iglesias pequeñas, al no desafiarlas a vivir toda la verdad, eso pasa en muchos cristianos hoy quienes no se quieren comprometer, quienes quieren vivir vidas light y no les gusta que la Palabra los regañe o les señale el error o les llame la atención. Cuando se hace esto, se les prohíbe algo por no estar aprobado por la Palabra, se enojan o se van de las iglesias.

¿No cree que para Juan, el comer el librito fue difícil? Pero lo hizo, y nosotros debemos hacerlo también, estudiarlo cada día y darlo a conocer aunque signifique señalar el pecado de los demás, eso es obedecer. Todo comienza en uno, la Biblia debe hacer juicio primero en uno mismo para luego tener la autoridad de señalar el pecado de los demás.

 

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