¿Quién determina la victoria?

Día 142

Romanos 7

Dr. Luis Gómez
Lectura diaria del Nuevo Testamento

Una analogía es una comparación y Pablo utiliza esta figura de lenguaje para explicar sobre el poder de la ley y de la carne sobre el hijo de Dios. Ya se ha dicho en el capítulo 3 que todos los seres humanos desde que nacemos somos pecadores y que nuestra carne representa la naturaleza pecaminosa que traemos desde el nacimiento. Sin embargo, esta, desde que creímos en Jesús aunque se le quita el poder para condenar, nunca deja de tener poder para influenciar a hacer las cosas que no agradan a Dios.

Este poder del pecado lo explica Pablo por medio del matrimonio. Mientras uno de los dos cónyuges está vivos, la ley del matrimonio tiene su poder, pero al morir uno de los dos, queda libre del poder de la ley del matrimonio. De igual manera, cuando una persona cree en Jesús, se está muerto al dominio de la ley, porque ésta ya no tiene el poder de mostrar el pecado que condena. Así que, todo aquel que cree en Jesús queda libre del dominio de la ley.

En los vv. 7 hasta el final es donde San Pablo explica quien es el que manda en el cuerpo o en la vida de un hijo de Dios. Los judíos creían que la ley es pecado, pero él les responde que no. Lo que hace la ley es mostrar aquello que es pecado. Él da un ejemplo, solo venimos a saber que codiciar es pecado cuando la ley estipuló que codiciar es pecado. Hay algo más delicado, la misma ley nos lleva al pecado, cuando la misma ley nos lleva a la vida, o sea, la ley muestra los dos caminos, el de la muerte y el de la vida. Así que, la ley es buena, santa y justa, porque lo que hace es mostrar el camino hacia lo bueno y hacia lo malo. Es la persona la que decide qué camino tomar.

Entonces, ¿la ley que es buena vino a ser muerte para el hombre? De ninguna manera, lo que pasa es que la ley que es buena al mostrar el pecado que hay en el hombre, concluye que ese pecado mata (Ro. 3:23, 6:23; 5:8). La ley no solo es buena, justa, sino también espiritual, pero el hombre no solo es natural sino carnal. Aquí está el punto central de la reflexión en el (v. 15-16), Pablo revela que en el interior de su vida hay dos poderes, la carne y el Espíritu, “No hago lo que quiero, sino lo que no quiero, de manera que ya no soy yo quien hace aquello, sino el pecado que mora en mi”.

En mi, dice Pablo, como en todo hijo de Dios, mora el bien y el mal, el poder de la carne y el poder del Espíritu; estos están en constante lucha para ver quien ejerce mayor dominio. ¿Qué quiere decir esto? Que mientras estemos en la tierra, la carne en donde mora el pecado, siempre estará tratando de ejercer dominio sobre quien es hijo de Dios, pero también el Espíritu todos los días buscara tener dominio sobre la vida de sus hijos. De manera que en la medida que nos sometemos a uno de estos poderes, es que se determina la victoria. Es de esperar, es el deseo de Dios, que todo hijo suyo sea un ganador al someter su vida y su voluntad al dominio del Espíritu.

El llamado es a someternos a Dios, y así, no solo huira el diablo, sino que la carne, o sea el poder del pecado no podrá ejercer dominio permanente en el cristiano. Si no se puede negar que pecamos, pero si debemos afirmar, que todo lo podemos en Cristo, y que ya el pecado, la ley y la carne no pueden nunca más dominarnos porque ya somos de Cristo. Dios le bendiga en este día, y sea un vencedor en Cristo.

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s